Desengaño



Había oído hablar a las vecinas muchas veces sobre la ingratitud que reina entre las gentes, pero ella se negó siempre a darle crédito a tales acusaciones. Hoy no tiene otro remedio que rendirse ante la evidencia.
¿Cómo es posible, se lamenta, que ellos me hagan esto? Yo los he cuidado desde que nacieron, he abrigado sus inviernos, velado sus sueños y consolado sus pesadillas. Amparé en todo momento a cuantos lo necesitaron: desde que eran unos niños y me martirizaban con sus trastadas, hasta que al fin mis senos les sirvieron de mortaja. Y ahora... sólo porque ya no luzco igual que antes, porque mis huesos están carcomidos, ahora...
La queja muere en su garganta resquebrajada cuando, con una oscilación aterradora, la grúa apunta la maza de hormigón hacia su fachada ruinosa.

Leandro Herrero

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