Los invisibles

Cebolla mostraba siempre una actitud de competitividad física contra todo y todos incluso con los compañeros en parte porque probablemente sentía que no podía competir en otros terrenos por lo que él agredía siempre incluso con el pretexto de gastar bromas pero era siempre una broma pesada desagradable eso sí desagradable y aquellos a los que no conseguía implicar en este mecanismo de competición física eran aquellos hacia los cuales tenía una actitud de sumisión un poco viscosa y forzada sustancialmente reproducía dentro del movimiento los mismos grados de violencia que expresaba hacia el enemigo se sentía siempre en guerra contra todo y todos y en todos veía enemigos contra los cuales descargar su violencia y pegaba a un compañero exactamente igual que pegaba a un fascista
y así también dentro del movimiento en sustancia los tipos como Cebolla servían eran un policía interno desempeñaban una función tal vez desagradable pero considerada útil Cebolla y los tipos como él jamás participaron en el debate interior del movimiento en las reuniones en las asambleas estaban casi siempre callados interesados sólo en aquello donde intervenía la violencia vivieron simplemente la fase de aceleración del enfrentamiento en términos mecánicos y únicamente militares de escalada del enfrentamiento y de práctica de la violencia contra el Estado como antes había sido contra los fascistas siempre estuvieron fuera de las luchas en las fábricas en el territorio y poco a poco empezaron a imitar comportamientos e ideales clandestinos la práctica de la pistolita oculta en el sótano etcétera
Nani Balestrini


- Nuestras actividades son múltiples, intervenimos en los diversos sectores de la industria allí donde existen, nos ocupamos por la agricultura, la industria minera, la educación, la industria forestal y la investigación científica. En América Latina actuamos dentro del marco de la Alianza Por el Progreso, pero también intervenimos en todos los países del mundo libre que desean recibir asistencia económica y técnica de los Estados Unidos.

- Evidentemente, técnicos norteamericanos.

- Si, la mayoría lo son, ya que poseen la cualificación necesaria, pero no hay que olvidar que la formación de cuadros locales es también parte del programa.

- De hecho eso les permite y permite a un gobierno extranjero echar un vistazo por todo el país, conocer sus fuentes, sus riquezas…

- Cómo conocer sus problemas sin la ayuda de especialistas, y cómo ayudarles a resolverlos sin conocerlos.

- Pues yo diría que es todo lo contrario.

- ¿A qué se refiere?

- Es sólo un matiz. Pero son los Estados Unidos quienes necesitan esa ayuda, más aun que los otros países. Por lo menos es así como yo veo las cosas.

- El gusto de la paradoja

- De la precisión. Ya sea bebiendo cerveza, tomando aspirinas, limpiándose los dientes, cociendo los alimentos en una cacerola de aluminio, utilizando un frigorífico o calentando una habitación. Todos los días un ciudadano de mi país contribuye al desarrollo de la economía del suyo. Y esa contribución alcanza su máximo significado al entrar en el dominio militar. 


Estado de Sitio 
Costa Gravas

De PoliCias


- ¿No es imposible que un policía pueda convertirse en un revolucionario y viceversa?
- No un verdadero policía.
- ¿Acaso pertenece usted a una especie en particular?
- En cierto modo, si, como mis colegas soviéticos o chinos.
- A ellos no le conocemos, usted trabaja en nuestro país.
- Sea como sea, tenemos la vocación del orden, lo que significa que no nos gustan los cambios, somos conservadores.
- ¿No que muchos se hacen polis porque tienen hambre, no por vocaciones?
- Si, pero se convierten en policías, mientras otros con hambre se hacen ladrones.
- ¿Cree que el hambre da posibilidad de elegir?
- Creo que un hombre, uno de verdad, siempre elige. ¿Usted no?
- No. No, no creemos en hombres de verdad. Creemos en hombres con derecho a la igualdad, a la necesidad, a la posibilidad de organizarse en una sociedad más justa, más feliz.
- Yo también creo en esas cosas.
- No, usted no cree en eso, acepta la desigualdad defiende los privilegios, en el fondo es en la propiedad en lo - que cree. Su orden moral es la explotación de una mayoría por una minoría.
- Explotación… la gran palabra. ¿Por qué? ¿Qué gano yo en el plano personal?.
- La ilusión de ser usted también un patrón y no lo que es, es decir, un lacayo. 

Estado de sitio 
Costa Gravas



Me pregunté qué estaría pensando mi amigo de todo esto, de Luis o de mí, y fue como si viera dibujarse la respuesta en su cara (pero entonces era la fiebre, habría que tomar quinina), una cara pagada de sí misma, empastada por la buena vida y las buenas ediciones y la eficacia del bisturí acreditado. Ni siquiera hacía falta que abriera la boca para decirme yo pienso que tu revolución no es más que... No era en absoluto necesario, tenía que ser así, esas gentes no podían aceptar una mutación que ponía en descubierto las verdaderas razones de su misericordia fácil y a horario, de su caridad reglamentada y a escote, de su bonhomía entre iguales, de su antirracismo en el salón pero cómo la nena se va a casar con ese mulato, che, de su catolicismo con dividendo anual y efemérides en las plazas embanderadas, de su literatura de tapioca, de su folklorismo en ejemplares numerados y mate con virola de plata, de sus reuniones de cancilleres genuflexos, de su estúpida agonía inevitable a corto o largo plazo (quinina, quinina, y de nuevo el asma). Pobre amigo, me daba lástima imaginarlo defendiendo como un idiota precisamente los falsos valores que iban a acabar con él o en el mejor de los casos con sus hijos; defendiendo el derecho feudal a la propiedad y a la riqueza ilimitadas, él que no tenía más que su consultorio y una casa bien puesta, defendiendo los principios de la Iglesia cuando el catolicismo burgués de su mujer no había servido más que para obligarlo a buscar consuelo en las amantes, defendiendo una supuesta libertad individual cuando la policía cerraba las universidades y censuraba las publicaciones, y defendiendo por miedo, por el horror al cambio, por el escepticismo y la desconfianza que eran los únicos dioses vivos en su pobre país perdido.

Y en eso estaba cuando entró el Teniente a la carrera y me gritó que Luis vivía, que acababan de cerrar un enlace con el norte, que Luis estaba más vivo que la madre de la chingada, que había llegado a lo alto de la Sierra con cincuenta guajiros y todas las armas que les habían sacado a un batallón de regulares copado en una hondonada, y nos abrazamos como idiotas y dijimos esas cosas que después, por largo rato, dan rabia y vergüenza y perfume, porque eso y comer chivito asado y echar para adelante era lo único que tenía sentido, lo único que contaba y crecía mientras no nos animábamos a mirarnos en los ojos y encendíamos cigarros con el mismo tizón, con los ojos clavados atentamente en el tizón y secándonos las lágrimas que el humo nos arrancaba de acuerdo con sus conocidas propiedades lacrimógenas.

         Ya no hay mucho que contar, al amanecer uno de nuestros serranos llevó al Teniente y a Roberto hasta donde estaban Pablo y tres compañeros, y el Teniente subió a Pablo en brazos porque tenía los pies destrozados por las ciénagas. Ya éramos veinte, me acuerdo de Pablo abrazándome con su manera rápida y expeditiva, y diciéndome sin sacarse el cigarrillo de la boca: “Si Luis está vivo, todavía podemos vencer”, y yo vendándole los pies que era una belleza, y los muchachos tomándole el pelo porque parecía que estrenaba zapatos blancos y diciéndole que su hermano lo iba a regañar por ese lujo intempestivo. “Que me regañe”, bromeaba Pablo fumando como un loco, “para regañar a alguien hay que estar vivo, compañero, y ya oíste que está vivo, vivito, está más vivo que un caimán, y vamos arriba ya mismo, mira que me has puesto vendas, vaya lujo...” 



De Reunión
Julio Cortázar

Mi primer amor




Era pecosa y bizca, pero yo la creía más hermosa que la luna; y por eso le escribí esta carta: “Señorita: Escapémonos al mar. Vestido de terciopelo negro la voy a llevar a mi barco pirata. Juro por el cadáver de mi padre ahorcado que la amo. Suyo hasta la muerte: Roberto Godofredo, caballero de Ventimiglia, señor de Rocabruna, capitán del ballenero “El Taciturno”.

Roberto Arlt

Una cita que los exploradores interpretan como un buen consejo a la hora de iniciar su diario de viaje

Pierre, nuestro guía alpino,
que se ha curado de su penoso mareo y ha
recomenzado a escribir
sus memorias, viene a pedirme que
le preste "la que aleja
las palabras". Me lleva un tiempo
comprender que se trata de una goma de borrar.



Dunlop, Cortázar
Los autonautas de la cosmopista


10 razones para escribir

(Roland Barthes, 1969)

No siendo escribir una actividad normativa ni científica, no puedo decir por qué ni para qué se escribe. Solamente puedo enumerar las razones por las cuales creo que escribo: 

1.
por una necesidad de placer que, como es sabido, guarda relación con el encanto erótico;


2.
porque la escritura descentra el habla, el individuo, la persona, realiza un trabajo cuyo origen es indiscernible;


3.
para poner en práctica un "don", satisfacer una actividad distintiva, producir una diferencia;


4.
para ser reconocido, gratificado, amado, discutido, confirmado;


5.
para cumplir cometidos ideológicos o contra-ideológicos;


6.
para obedecer las órdenes terminantes de una tipología secreta, de una distribución combatiente, de una evaluación permanente;


7.
para satisfacer a amigos e irritar a enemigos;


8.
para contribuir a agrietar el sistema simbólico de nuestra sociedad;


9.
para producir sentidos nuevos, es decir, fuerzas nuevas, apoderarse de las cosas de una manera nueva, socavar y cambiar la subyugación de los sentidos;


10.
finalmente, y tal como resulta de la multiplicidad y la contradicción deliberadas de estas razones, para desbaratar la idea, el ídolo, el fetiche de la Determinación Única, de la Causa (causalidad y "causa noble"), y acreditar así el valor superior de una actividad pluralista, sin causalidad, finalidad ni generalidad, como lo es el texto mismo.





Felicidad clandestina



Ella era gorda, baja, pecosa y de pelo excesivamente crespo, medio amarillento. Tenía un busto enorme, mientras que todas nosotras todavía eramos chatas. Como si no fuese suficiente, por encima del pecho se llenaba de caramelos los dos bolsillos de la blusa. Pero poseía lo que a cualquier niña devoradora de historietas le habría gustado tener: un padre dueño de una librería.
No lo aprovechaba mucho. Y nosotras todavía menos: incluso para los cumpleaños, en vez de un librito barato por lo menos, nos entregaba una postal de la tienda del padre. Encima siempre era un paisaje de Recife, la ciudad donde vivíamos, con sus puentes más que vistos.
Detrás escribía con letra elaboradísima palabras como "fecha natalicio" y "recuerdos".
Pero qué talento tenía para la crueldad. Mientras haciendo barullo chupaba caramelos, toda ella era pura venganza. Cómo nos debía odiar esa niña a nosotras, que éramos imperdonablemente monas, altas, de cabello libre. Conmigo ejerció su sadismo con una serena ferocidad. En mi ansiedad por leer, yo no me daba cuenta de las humillaciones que me imponía: seguía pidiéndole prestados los libros que a ella no le interesaban.
Hasta que le llegó el día magno de empezar a infligirme una tortura china. Como al pasar, me informó que tenía El reinado de Naricita, de Monteiro Lobato.
Era un libro gordo, válgame Dios, era un libro para quedarse a vivir con él, para comer, para dormir con él. Y totalmente por encima de mis posibilidades. Me dijo que si al día siguiente pasaba por la casa de ella me lo prestaría.
Hasta el día siguiente, de alegría, yo estuve transformada en la misma esperanza: no vivía, flotaba lentamente en un mar suave, las olas me transportaban de un lado a otro.
Literalmente corriendo, al día siguiente fui a su casa. No vivía en un apartamento, como yo, sino en una casa. No me hizo pasar. Con la mirada fija en la mía, me dijo que le había prestado el libro a otra niña y que volviera a buscarlo al día siguiente. Boquiabierta, yo me fui despacio, pero al poco rato la esperanza había vuelto a apoderarse de mí por completo y ya caminaba por la calle a saltos, que era mi manera extraña de caminar por las calles de Recife. Esa vez no me caí: me guiaba la promesa del libro, llegaría el día siguiente, los siguientes serían después mi vida entera, me esperaba el amor por el mundo, y no me caí una sola vez.
Pero las cosas no fueron tan sencillas. El plan secreto de la hija del dueño de la librería era sereno y diábolico. Al día siguiente allí estaba yo en la puerta de su casa, con una sonrisa y el corazón palpitante. Todo para oír la tranquila respuesta: que el libro no se hallaba aún en su poder, que volviese al día siguiente. Poco me imaginaba yo que más tarde, en el curso de la vida, el drama del "día siguiente" iba a repetirse para mi corazón palpitante otras veces como aquélla.
Y así seguimos. ¿Cuánto tiempo? Yo iba a su casa todos los días, sin faltar ni uno. A veces ella decía: Pues el libro estuvo conmigo ayer por la tarde, pero como tú no has venido hasta esta mañana se lo presté a otra niña. Y yo, que era propensa a las ojeras, sentía cómo las ojeras se ahondaban bajo mis ojos sorprendidos.
Hasta que un día, cuando yo estaba en la puerta de la casa de ella oyendo silenciosa, humildemente, su negativa, apareció la madre. Debía de extrañarle la presencia muda y cotidiana de esa niña en la puerta de su casa. Nos pidió explicaciones a las dos. Hubo una confusión silenciosa, entrecortado de palabras poco aclaratorias. A la señora le resultaba cada vez más extraño el hecho de no entender. Hasta que, madre buena, entendió a fin. Se volvió hacia la hija y con enorme sorpresa exclamó: ¡Pero si ese libro no ha salido nunca de casa y tú ni siquiera querías leerlo!
Y lo peor para la mujer no era el descubrimiento de lo que pasaba. Debía de ser el horrorizado descubrimiento de la hija que tenía. Nos espiaba en silencio: la potencia de perversidad de su hija desconocida, la niña rubia de pie ante la puerta, exhausta, al viento de las calles de Recife. Fue entonces cuando, recobrándose al fin, firme y serena le ordenó a su hija: Vas a prestar ahora mismo ese libro. Y a mí: Y tú te quedas con el libro todo el tiempo que quieras.
¿Entendido? Eso era más valioso que si me hubiesen regalado el libro: "el tiempo que quieras" es todo lo que una persona, grande o pequeña, puede tener la osadía de querer.
¿Cómo contar lo que siguió? Yo estaba atontada y fue así como recibí el libro en la mano. Creo que no dije nada. Cogí el libro. No, no partí saltando como siempre. Me fui caminando muy despacio. Sé que sostenía el grueso libro con las dos manos, apretándolo contra el pecho. Poco importa también cuánto tardé en llegar a casa. Tenía el pecho caliente, el corazón pensativo.
Al llegar a casa no empecé a leer. Simulaba que no lo tenía, únicamente para sentir después el sobresalto de tenerlo. Horas más tarde lo abrí, leí unas líneas maravillosas, volví a cerrarlo, me fui a pasear por la casa, lo postergué más aún yendo a comer pan con mantequilla, fingí no saber dónde había guardado el libro, lo encontraba, lo abría por unos instantes. Creaba los obstáculos más falsos para esa cosa clandestina que era la felicidad. Para mí la felicidad siempre habría de ser clandestina. Era como si yo lo presintiera. ¡Cuánto me demoré! Vivía en el aire... había en mí orgullo y pudor. Yo era una reina delicada.
A veces me sentaba en la hamaca para balancearme con el libro abierto en el regazo, sin tocarlo, en un éxtasis purísimo. No era más una niña con un libro: era una mujer con su amante.

Clarice Lispector