La peste del amor ataca al Supermachista hasta degradarlo a la ranchera, la metafísica, la lectura de Stendhal y otros síntomas repugnantes. Doradamente vestido de charro, desafía a su adorada a la ruleta rusa amorosa, cargado el revólver de seis balas, una por cada vez que murió mirándola de lejos. Contra la diana de sus propios ojos dispara la adorada el revólver y mata al Supermachista, que se había quedado a vivir en ellos. Al cementerio lo llevan: ella, tan muertita como una estrella caída; él, condenado a vivir para recordarla, llevándola en las exhalaciones, hasta que los cielos se van quedando tan vacíos.

Luis Britto