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Por lo que se tiene como una patología de la contradicción, cualquiera pensaría que vivimos la hora de los herejes, pero no. Los herejes de otrora se han convertido, mayoritariamente, en los renegados y conversos de hoy. A veces la rueda de la historia torna a descalabrarse sobre sí misma, y lo que era ayer es hoy, y lo que es hoy parece pasado marchito y lastimoso.
La herejía, lejos de cuanto un tiempo intolerante estableciera, ha sido casi siempre humana virtud. Sin herejes la palabra progreso carecería de entidad y toda autoridad establecida petrificaría, con sus dogmas y su perpetuación, la propia vida.
Las mazmorras, los cementerios, las fosas comunes y el viento que arrastró las cenizas de los incinerados son mudos testigos del destino que intransigencia y fanatismo propinaron a quienes osaron disentir de las supuestas verdades esgrimidas por viejos y nuevos inquisidores.
El hereje es una presencia activa, fiel a su incredulidad (y a sus saberes). Discrepa y argumenta siguiendo el hilo de una razón alimentada en la más viva de las reflexiones o en lo más ardoroso de los sueños. En el griego clásico el término hairesis, de donde proviene la palabra, enunciaba una doctrina, o la escuela que la enseñaba. La teología trocó la aceptación inicial y la convirtió en «opinión contraria a la verdad revelada por Dios y propuesta como tal por la Iglesia». De allí que herejía sea también sinónimo de blasfemia, desvergüenza (¿?), error, impiedad, apostasía, disparate.
Con el tiempo la palabra herejía perdió su tenebroso alcance y casi se asimiló a insumisión o disentimiento.
Pero los herejes de hoy, escépticos y desideologizados, parecen más bien legión de rebeldes sin causa, intelectuales amotinados contra todo exceso de énfasis doctrinario o de revelación litúrgica de cualquier especie.
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Los renegados, en cambio, padecen de desilusiones. Lo que alguna vez creyeron alfa fue para ellos, después, omega. Una o muchas razones y decepciones culminaron por tapiarles fe, creencia o convicción. Abandonando empeños, esperanzas y principios, desencantados de ideales o decepcionados de sus compañeros de ruta, se hicieron apóstatas de sí mismos, de lo que alguna vez fueron o quisieron ser. En ello les va, no la certeza del que tiene derecho a cambiar de camisa, sino la voluntad de demostrar que no había más remedio.
Como los describiera Isaac Deustscher en un célebre escrito, «todos han abandonado un ejército y un campamento: algunos como objetores de conciencia, algunos como desertores, y otros como merodeadores. Unos cuantos se aferran serenamente a sus objeciones de conciencia, mientras que otros reclaman vociferantemente comisiones en un ejército al que se han opuesto de un modo encarnizado. Todos ellos llevan sobre sí pedazos y andrajos del antiguo uniforme, complementados con los más fantásticos y sorprendentes trapos nuevos. Y todos llevan dentro de sí comunes resentimientos y sus reminiscencias individuales».
«Cuando uno —rememora Arthur Koestler— ha renunciado a un credo o ha sido traicionado por un amigo, lo que funciona es el mecanismo opuesto. A la luz del conocimiento posterior, la experiencia original pierde su inocencia, se macula y se vuelve agria en el recuerdo».
Pero no siempre los renegados, al cambiar de camisa, proclaman su orgullo. Hubo y hay quienes entre ellos —los objetores de conciencia y los merodeadores, para emplear la diferenciación de Deutscher— asumen cierto escepticismo melancólico, cercano al sarcasmo, como nueva y poco beligerante bandera. Prefieren la humildad del recato, la rendición de cuentas a solas con una desilusión que es también no pocas veces la desilusión ante todo el género humano.
En todo caso pasan por menos ostentosos que los conversos, cuyas camisas terminaron, todas, por atormentarlos.
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Estos trocaron sueños, convicciones o fe. Se canjearon, se volvieron otros, se mutaron. Por intereses, por cobardía, por desengaño, por conveniencia, por negocio, por lo que fuera, simplemente ser invirtieron, se tornaron en sus contrarios. Lo que antaño condenaban hoy lo aplauden, cuanto aborrecían lo persiguen, cuanto amaban lo abominan.
La palabra conversión se aplicaba a los musulmanes y judíos que en la España de la Contrarreforma se acogían al cristianismo. Cierta acepción militar le atribuye al término semejante adjudicación: «mutación del frente al girar sobre uno de sus extremos». Cambiar de frente. Por ejemplo cuando, como lo recuerda Deutscher, «después de romper con una burocracia de partido en nombre del comunismo, el hereje rompe con el comunismo. Pretende haber descubierto que la raíz del mal alcanza una profundidad mucho mayor de lo que él imaginó al principio, aun cuando es posible que su ahondamiento en busca de aquella raíz haya sido muy perezosa y superficial. El ex comunista no defiende ya el socialismo de los abusos poco escrupulosos; lo que ahora hace es defender a la humanidad de la falacia del socialismo. Ya no trata de vaciar el agua sucia de la revolución rusa para proteger al niño del baño: descubre que el niño es un monstruo al que hay que estrangular. El hereje se convierte así en renegado».
Y el renegado en converso. «Su anterior ilusión suponía al menos un ideal positivo. Su desilusión actual es enteramente negativa. En consecuencia, su papel es intelectual y políticamente infecundo». Aún peor es su característica incapacidad para la imparcialidad. «A menudo —acota Deutscher— une sus fuerzas a los defensores del capitalismo y aporta a esa tarea la falta de escrúpulos, la estrechez mental, el desprecio a la verdad y el odio intenso que le fue imbuido por el stalinismo. Continúa siendo un sectario. Sigue viendo el mundo en blanco y negro, sólo que ahora los colores se distribuyen de modo distinto [...]. En otro tiempo aceptó la infalibilidad del partido; ahora se cree infalible a sí mismo».
De conversos se han nutrido la fe y las ideologías tanto como la picaresca. Porque en el fondo la conversión es un teatro invertido.
Un teatro de máscaras al que se acude para convenir con los dioses un pacto dialéctico ya enunciado hace dos milenios y medio por Lao Tse: Cuando los hombres conocen que la bondad es buena Entonces saben que la maldad existe Cuando los hombres conocen que la belleza es bella Entonces saben que la fealdad existe. Así Ser y no-ser se engendran el uno al otro.