Fui al baño, me enjuagué la boca, y abrí una botellita de Martini que, ahora que lo verificaba cuidadosamente, estaba perfectamente cerrada. Carol quiso minimizar generosamente ese no menos mínimo pero repugnante horror. No debía ser orina sino algún shampoo, cualquier líquido amarillento que podía imitar el color del whisky. Poco me importaba ya, aunque estaba seguro, aunque veía repetirse eso que los argentinos llaman una ranada o una viveza o una cachada, y los mexicanos o los daneses o los italianos vaya a saber cómo pero siempre lo mismo, mear en una botella de cerveza o de whisky, dejarla como si estuviera intacta y gozar del doble placer de no pagarla y de prever la cara o el vómito de la víctima invisible pero segura, maniatada en un futuro cercano, inevitablemente condenada a caer en esa inteligente celada.
No soy malo, creo, pero nunca me niego a una venganza justa, aunque sólo sea mental. Pienso que es posible proyectar un deseo y que de alguna manera se cumpla, así como Keats dice en una de sus cartas que siempre es bueno hacer profecías porque éstas se las arreglan después para cumplirse por su propia cuenta. Deseé minuciosamente que el autor de la broma se estrellara en cualquier lugar de la autopista, que su auto quedara como el bandoneón de Juan José Mosalini cuando lo arquea en el último acorde bien canyengue de un tango, y que el conductor no sufriera ninguna herida importante. Ninguna herida importante, sí, pero que más tarde los médicos le diagnosticaran una hipouremia irreversible o, lo que es igual, una macrocistitis lancinante, es decir que solamente pudiera mear gota a gota, gota a gota, y eso en las pequeñas probetas que los médicos necesitan para analizar diariamente la trabajosa dosis de orina y decidir que en todo caso no se trata de Johnnie Walker etiqueta roja.
Julio Cortázar, Carol Dunlop
Los autonautas de la cosmopista

