Como un pulgón


Yo no puedo tener un verso dulce 
que anestesie el llanto de los niños
y mueva suavemente las hamacas como una brisa esclava.
Porque yo no he venido aquí a hacer dormir a nadie.
Además... esa tempestad ¿quién la detiene?


¡Eh, tú varón confiado que dormitas!
                    Levántate, recoge tus zapatos y prosigue...
Porque yo no he venido aquí a hacer dormir a nadie.


Hacia las cumbres trepan los dioses
                    extenuados buscando un resplandor.


Y aquí voy yo con ellos,
entre el sudor y el polvo de sus inmensos pies descalzos,
          aquí voy yo con ellos, atropellado y sacudido
          pero agarrándome a sus plantas como las
          pinzas de un insecto, clavándome en su carne,
hundíendome en su sangre
como un pulgón,
como una nigua... maldiciendo, blasfemando...
Porque yo no he venido aquí a hacer dormir a nadie:
ni a los niños
ni a los hombres
ni a los dioses.

León Felipe

El miedo global



Los que trabajan tienen miedo a perder el trabajo.
Los que no tienen trabajo tienen miedo a no encontrar nunca trabajo.
Quien no tiene miedo al hambre, tiene miedo a la comida.
Los automovilistas tienen miedo a caminar y los peatones tienen miedo a ser atropellados.
La democracia tiene miedo a recordar y el lenguaje tiene miedo a decir.
Los civiles tienen miedo a los militares, los militares tienen miedo a la falta de armas, las armas tienen miedo a la falta de guerras.
Es el tiempo del miedo.
Miedo de la mujer a la violencia del hombre y miedo del hombre a la mujer sin miedo.
Miedo a los ladrones, miedo a la policía.
Miedo a la puerta sin cerradura, al tiempo sin relojes, al niño sin televisión, miedo a la noche sin pastillas para dormir y miedo al día sin pastillas para despertar.
Miedo a la multitud, miedo a la soledad, miedo a lo que fue y a lo que puede ser, miedo de morir, miedo de vivir.
Eduardo Galeano

La cólera que quiebra al hombre en niños

La cólera que quiebra al hombre en niños,
que quiebra al niño en pájaros iguales,
y el pájaro, después, en huevecillos;
la cólera del pobre
tiene un aceite contra dos vinagres.

La cólera que al árbol quiebra en hojas,
la hoja en botones desiguales
y al botón, en ranuras telescópicas;
la cólera del pobre
tiene dos ríos contra muchos mares.

La cólera que quiebra al bien en dudas,
a la duda, en tres arcos semejantes
y al arco, luego, en tumbas imprevistas;
la cólera del pobre
tiene un acero contra dos puñales.

La cólera que quiebra al alma en cuerpos,
al cuerpo en órganos desemejantes
y al órgano, en octavos pensamientos;
la cólera del pobre
tiene un fuego central contra dos cráteres



César Vallejo

La pérdida política


Mafalda.| (Foto: Enrique Carrascal)"Para mucha gente, la verdadera pérdida del sentido político es afiliarse a una formación de partido, aguantar sus reglas, su ley. También muchas personas, cuando hablan de apoliticismo, se refieren ante todo a una pérdida o una carencia ideológica. No sé lo que pensará usted. A mi parecer, la pérdida política es ante todo la pérdida de uno mismo, la pérdida de la ira y también de la dulzura, la pérdida del odio, de la falcultad de odiar y de la facultad de amar; la pérdida de la imprudencia y de la moderación, la pérdida de un exceso y la pérdida de un equilibrio, la pérdida de la locura, de la inocencia, la pérdida del valor, así como de la cobardía, del espanto frente a todo, de la confianza, la pérdida del llanto y de la alegría. Esto es lo que yo creo."

Marguerite Duras
Los ojos verdes

El reino del revés

stairway to heaven


Personas, países: ¿Quién se salva del miedo? El miedo como realidad, el miedo como amenaza o coartada. El mercado de trabajo vomita gente, y no sólo en las regiones condenadas a los precios de ruina de sus productos y a la usura de los bancos internacionales, sino también en los propios reductos del privilegio, donde el desarrollo de la tecnología no está sirviendo para multiplicar el tiempo del ocio y los espacios de libertad, sino que, paradójicamente, está sembrando el miedo. En algunos países europeos, uno de cada cuatro jóvenes no encuentra trabajo, por el desplazamiento de las industrias livianas a los países pobres del sur del mundo, y también por el vertiginoso progreso de una tecnología que reduce espectacularmente el tiempo de trabajo necesario para la producción de cada cosa.

Nadie está a salvo, ni siquiera los trabajadores especializados en los sectores más sofisticados y dinámicos, donde también la contratación a destajo tiende a sustituir al empleo fijo. En las telecomunicaciones y la electrónica, ya están funcionando las empresas virtuales, donde el trabajo se realiza de computadora a computadora, sin que los trabajadores se conozcan entre sí ni conozcan a sus empleadores, que no deben obediencia a ninguna legislación nacional. También estos profesionales, altamente calificados, están condenados a la incertidumbre y a la inestabilidad laboral.

El pánico a la pérdida del empleo no es para nada ajeno a un disparate que las estadísticas registran, y que sólo puede parecer normal en un mundo que ha perdido todos los tornillos: en los últimos treinta años, los horarios de trabajo aumentaron notablemente en Estados Unidos, Canadá y Japón, y sólo disminuyeron, un poco, en algunos países europeos. Es un atentado contra el sentido común: el asombroso aumento de la productividad operado por la revolución tecnológica no sólo no se ha traducido en una elevación proporcional de los salarios, sino que ni siquiera ha disminuido los horarios en los países de más alta tecnología. En Estados Unidos, el trabajo es actualmente la principal fuente de stress, según las encuestas, muy por encima de los divorcios y del miedo a la muerte, y en Japón el karoshi, el exceso de trabajo, está matando diez mil personas por año.

El afán de consumo y las ilusiones de ascenso social no alcanzan para explicar, por sí solas, tanta locura. En vez de generar libertad, tiempo libre, tiempo de vida vivida por el placer de vivir y no por el deber de producir, las máquinas generan miedo. Y al fin y al cabo, eso nada tiene de nuevo. El miedo siempre ha sido, junto con la codicia, uno de los dos motores más activos del sistema que en otros tiempos se llamaba capitalismo y ahora luce el nombre artístico de economía de mercado.
Eduardo Galeano

Vestir una sombra

Lo más difícil es cercarla, conocer su límite allí donde se enlaza con la penumbra al borde de sí misma. Escogerla entre tantas otras, apartarla de la luz que toda sombra respira sigilosa, peligrosamente. Empezar entonces a vestirla como distraído, sin moverse demasiado, sin asustarla o disolverla: operación inicial donde la nada se agazapa en cada gesto. La ropa interior, el transparente corpiño, las medias que dibujan un ascenso sedoso hacia los muslos. Todo lo consentirá en su momentánea ignorancia, como si todavía creyera estar jugando con otra sombra, pero bruscamente se inquietará cuando la falda ciña su cintura y sienta los dedos que abotonan la blusa entre los senos, rozando la garganta que se alza hasta perderse en un oscuro surtidor. 


Rechazará el gesto de coronarla con la peluca de flotante pelo rubio (¡ese halo tembloroso rodeando un rostro inexistente!) y habrá que apresurarse a dibujar la boca con la brasa del cigarrillo, deslizar sortijas y pulseras para darle esas manos con que resistirá inciertamente mientras los labios apenas nacidos murmuran el plañido inmemorial de quien despierta al mundo. Faltarán los ojos, que han de brotar de las lágrimas, la sombra por sí misma completándose para mejor luchar, para negarse. Inútilmente conmovedora cuando el mismo impulso que la vistió, la misma sed de verla asomar perfecta del confuso espacio, la envuelva en su juncal de caricias, comience a desnudarla, a descubrir, por primera vez su forma que vanamente busca cobijarse tras manos y súplicas, cediendo lentamente a la caída entre un brillar de anillos que rasgan en el aire sus luciérnagas húmedas.

Julio Cortázar

Nuestra señora de los pericos


Por un viejo camino de piedras se llega a la Mata
Entre Valera y Sabana Libre está el punto
En la Mata vivía una señora sola y extraña
y su casa era una casa con huerto y gallinero
y una jaula de pericos
Ella no podía vivir sin sus pericos
Los sábados de madrugada bajaba con su cesta de huevos
y hortalizas para venderlos en el mercado de Valera
Su paso por la calle Córdoba era un asombro
Ella no podía vivir sin sus pericos
Antes de salir de su casa
en dos taparas agujereadas metía los pericos
y cada tapara era una teta suya
Los sábados uno de nosotros tenía que vigilar
su llegada por la vía del cemeterio
Cuando la noche era casi día y vista de lejos
a quien le tocaba vigilar corría por todo el barrio
llamando a gritos de puerta en puerta

LEVANTENSE LEVANTENSE
YA VIENE LA VIEJA DE LOS PERICOS YA VIENE

Entonces nos levantábamos y por las rendijas
de las ventanas la veíamos pasar con su sombrero alado
y su vestido de flores y su cesta y su dignidad
y un gran escándalo en el pecho


Chino Valera Mora

Hay que tratar de vivir


Comprendé, Ronald -dijo Oliveira apretándole una rodilla-. Vos sos mucho más que tu inteligencia, es sabido. Esta noche, por ejemplo, esto que nos está pasando ahora, aquí, es como uno de esos cuadros de Rembrandt donde apenas brilla un poco de luz en un rincón, y no es una luz física, no es eso que tranquilamente llamás y situás como lámpara, con sus vatios y sus bujías. Lo absurdo es creer que podemos aprehender la totalidad de lo que nos constituye en este momento, o en cualquier momento, e intuirlo como algo coherente, algo aceptable si querés. Cada vez que entramos en una crisis es el absurdo total, comprendé que la dialéctica sólo puede ordenar los armarios en los momentos de calma. Sabés muy bien que en el punto culminante de una crisis procedemos siempre por impulso, al revés de lo previsible, haciendo la barbaridad más inesperada. Y en ese momento precisamente se podía decir que había como una saturación de realidad, ¿no te parece? La realidad se precipita, se muestra con toda su fuerza, y justamente entonces nuestra única manera de enfrentarla consiste en renunciar a la dialéctica, es la hora en que le pegamos un tiro a un tipo, que saltamos por la borda, que nos tomamos un tubo de gardenal como Guy, que le soltamos la cadena al perro, piedra libre para cualquier cosa. La razón sólo nos sirve para disecar la realidad en calma, o analizar sus futuras tormentas, nunca para resolver una crisis instantánea. Pero esas crisis son como mostraciones metafísicas, che, un estado que quizá, si no hubiéramos agarrado por la vía de la razón, sería el estado natural y corriente del pitecantropo erecto.

-Está muy caliente, tené cuidado -dijo la Maga-

Y esas crisis que la mayoría de la gente considera como escandalosas, como absurdas, yo personalmente tengo la impresión de que sirven para mostrar el verdadero absurdo, el de un mundo ordenado y en calma, con una pieza donde diversos tipos toman café a las dos de la mañana, sin que realmente nada de eso tenga el menor sentido como no sea el hedónico, lo bien que estamos al lado de esta estufita que tira tan meritoriamente. Los milagros nunca me han parecido absurdos; lo absurdo es lo que los precede y los sigue.

-Y sin embargo -dijo Gregorovius, desperezándose- il faut tenter de vivre.

"Voilà", pensó Oliveira. "Otra prueba que me guardaré de mencionar. De millones de versos posibles, elige el que yo había pensado hace diez minutos. Lo que la gente llama casualidad".

De Rayuela. Capítulo 28.

El sol, los perros y las mentiras


 La vida en serio


Ahora he descubierto el sol, los perros y las mentiras.
La vida es más lógica, no he dicho mejor, sino más lógica.
Cierro los ojos y tomo sol, juego con un perro tan vulgar
que es imposible sentirse separada de él y miento.
Eso me obliga por las noches a sacarme los zapatos
como quien se desnuda,
a caminar descalza por mi casa,
a llorar a solas cada tanto.
Ahora miro a una mujer ni linda ni fea,
pienso que la pequeña vida continúa
y que todo dolor importante tiene testigos,
aunque sean un perro, el sol o las mentiras.


Juana Bignozzi




Hollis Brown Thorton
http://www.hollisbrownthornton.com/work/2009.htm

La sobria ebrietas

Las raíces del mundo occidental coinciden con las de otras innumerables culturas en un concepto a la vez profundo y claro de la ebriedad -alcohólica o no-, que en definitiva apunta a un acto de júbilo y abandono, pues -como señalara Nietzsche- es "el juego de la naturaleza con el hombre". Filón de Alejandría, padre de la corriente jónica vincula la palabra griega para ebriedad (methe) con el verbo methyeni, que significa "soltar", "permitir", y define al ebrio como quien se adentra en "liberación del alma". Platón, su maestro, no ignoraba que el ebrio puede caer en patosería, aturdimiento, avidez y fealdad, pero defendió vigorosamente el entusiasmo ebrio como antídoto para aligerar la tirantez del carácter y sus ropajes rutinarios, que suscita la interioridad original y aquella inocencia donde pueden aparecer a una nueva luz las cosas. Como resumiría mucho más tarde Montaigne, "los paganos aconsejaban la ebriedad para relajar el alma".

De ahí que el ideal grecorromano no fuese la sobriedad, sino la sobria ebrietas, la ebriedad sobria que faculta para gozar el entusiasmo sin incurrir en necedades. El sobrio no debe ser confundido con el abstemio, porque el primero es racional con o sin drogas, mientras el segundo sólo lo es sin ellas; uno puede penetrar en los pliegues de la desnudez, y el otro ha de rehuirlo para no avergonzarse ante los demás y ante su propia conciencia.

Antonio Escohotado

Embriáguense


Hay que estar ebrio siempre. Todo reside en eso: ésta es la única cuestión. Para no sentir el horrible peso del Tiempo que nos rompe las espaldas y nos hace inclinar hacia la tierra, hay que embriagarse sin descanso.

Pero, ¿De qué? De vino, de poesía o de virtud, como mejor les parezca. Pero embriáguense.

Y si a veces, sobre las gradas de un palacio, sobre la verde hierba de una zanja, en la soledad huraña de su cuarto, ustedes se despiertan habiendo ya disminuído o desaparecido la embriaguez, pregunten al viento, a la ola, a la estrella, al pájaro, al reloj, a todo lo que huye, a todo lo que gime, a todo lo que rueda, a todo lo que canta, a todo lo que habla, pregúntenle qué hora es; y el viento, la ola, la estrella, el pájaro, el reloj, contestarán:

¡Es hora de embriagarse!
Para no ser los esclavos martirizados del Tiempo,
¡embriáguense, embriáguense sin cesar!
De vino, de poesía o de virtud, como mejor les parezca.

Charles Baudelaire