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El ojo de culo. Puede decirse de otra manera, por ejemplo como Guillaume Apoilinaire: la novena puerta de tu cuerpo. Su poema sobre las nueve puertas del cuerpo femenino existe en dos versiones: envió la primera a su amante Lou en una carta escrita desde las trincheras el 11 de mayo de 1915,y la otra, desde el mismo lugar, a otra amante, Madeleine, el 21 de septiembre del mismo año. Los poemas, bellos los dos, difieren por su imaginación, pero están compuestos de la misma manera: cada estrofa está dedicada a una de las puertas del cuerpo de la bien amada: un ojo, otro ojo, una oreja, la otra oreja, la fosa nasal derecha, la fosa nasal izquierda, la boca, luego, en el poema a Lou, «la puerta de tu grupa» y, por fin, la novena puerta, la vulva. En el segundo poema, por el contrario, el destinado a Madeleine, al final se produce un curioso cambio de puertas. La vulva retrocede al octavo lugar y es el ojo del culo abriéndose «entre dos montañas de nácar» el que ocupará la novena puerta: «aún más misteriosa que las otras», la puerta «de los sortilegios de los que nadie se atreve a hablar», la «puerta suprema».

Pienso en esos cuatro meses y diez días que separan los dos poemas, cuatro meses que Apollinaire pasó en las trincheras, sumergido en intensas ensoñaciones eróticas que le llevaron a este cambio de perspectiva, a esta revelación: el ojo del culo es el punto milagroso en el que se concentra toda la energía nuclear de la desnudez. La puerta de la vulva es importante, claro (por supuesto, ¿quién se atrevería a negarlo?), pero es demasiado oficialmente importante, es un lugar registrado, clasificado, controlado, comentado, examinado, experimentado, vigilado, alabado, celebrado. La vulva: ruidosa encrucijada donde se da cita la cotorra humanidad, túnel por el que pasan las generaciones. Sólo los necios se dejan convencer de la intimidad de este lugar,  el más público de todos. El único lugar realmente íntimo, ante cuyo tabú se inclinan incluso las películas pornográficas, es el ojo del culo, la puerta suprema; es suprema porque es la más misteriosa, la más secreta.

Milan Kundera. La lentitud





La lentitud


La velocidad es la forma de éxtasis que la revolución técnica ha brindado al hombre. Contrariamente al que va en moto, el que corre a pie está siempre presente en su cuerpo, permanentemente obligado a pensar en sus ampollas, en su jadeo; cuando corre siente su peso, su edad, consciente más que nunca de sí mismo y del tiempo de su vida. Todo cambia cuando el hombre delega la facultad de ser veloz a una máquina: a partir de entonces, su propio cuerpo queda fuera de juego y se entrega a una velocidad que es incorporal, inmaterial, pura velocidad, velocidad en sí misma, velocidad éxtasis.

Curiosa alianza: la fría impersonalidad de la técnica y el fuego del éxtasis. Recuerdo una norteamericana, a la vez ceñuda y entusiasta, especie de apparatchik del erotismo, que hace treinta años me dio uña lección (gélidamente teórica) sobre la liberación sexual; la palabra más recurrente en su discurso era la palabra “orgasmo”; conté las veces: cuarenta y tres. El culto al orgasmo: el utilitarismo puritano proyectado en la vida sexual; eficacia contra la ociosidad; la reducción del coito a un obstáculo que hay que superar lo más rápidamente posible para alcanzar la explosión estática, única meta verdadera del amor y del universo.

¿Por qué habrá desaparecido el placer de la lentitud? Ay, ¿dónde estarán los paseantes de antaño?¿Dónde estarán esos héroes holgazanes de las canciones populares, esos vagabundos que vagan de molino en molino y duermen al raso?¿Habrán desaparecido con  los caminos rurales, los prados y los claros, junto la naturaleza? Un proverbio checo define la dulce ociosidad mediante una metáfora: contemplar las ventanas de Dios: Los que contemplan las ventanas de Dios no se aburren; son felices. En nuestro mundo la ociosidad se ha convertido en desocupación, lo cual es muy distinto: el desocupado está frustrado, se aburre, busca constantemente el movimiento que le falta.

Miro por el retrovisor: siempre el mismo coche que no consigue adelantarme por culpa del tráfico en sentido contrario. Al lado del conductor va una mujer; ¿por qué el hombre no le cuenta algo gracioso?, ¿por qué no descansa una mano en su rodilla? En lugar de eso, maldice al automovilista que , delante de él, no avanza lo bastante rápido, tampoco la mujer piensa en tocar al conductor con la mano, conduce mentalmente con él, y ella también me maldice.

Milan Kundera



Endechas I



I

El lenguaje silencioso engendra fuego. El silencio se propaga, el silencio es fuego.

Era preciso decir acerca del agua o simplemente apenas nombrarla, de modo de atraerse la palabra agua para que apague las llamas de silencio.

Porque no cantó, su sombra canta. Donde una vez sus ojos hechizaron mi infancia, el silencio al rojo rueda como un sol.

En el corazón de la palabra lo alcanzaron; y yo no puedo narrar el espacio ausente y azul creado por sus ojos.

II

Con una esponja húmeda de lluvia gris borraron el ramo de lilas dibujado en su cerebro.

El signo de su estar es la enlutada escritura de los mensajes que se envía. Ella se prueba en su nuevo lenguaje e indaga el peso del muerto en la balanza de su corazón.

III

Y el signo de su estar crea el corazón de la noche.

Aprisionada: alguna vez se olvidarán las culpas, se emparentarán los vivos y los muertos.

Aprisionada: no has sabido prever que su final iría a ser la gruta a donde iban los malos en los cuentos para niños.

Aprisionada: deja que se cante como se pueda y se quiera. Hasta que en la merecida noche se cierna la brusca desocultada. A exceso de sufrimiento exceso de noche y de silencio.

IV

Las metáforas de asfixia se despojan del sudario, el poema. El terror es nombrado con el modelo delante, a fin de no equivocarse.

V

Y yo sola con mis voces, y tú, tanto estás del
otro lado que te confundo conmigo.