Van a por nosotros




Límpiate los dientes, lávate los pies, cósete el jersey, píntate las uñas, cámbiame las pilas, cómete los mocos, bébete la espuma, cásate con ella, cásate con ella, cásate con ella, toma precauciones, piensa en tu futuro. Van a por nosotros.

Las hordas internacionales de madres y delegados y funcionarios y chinchillas y hurones moralistas que desean llevarte cogidito de la mano a la jubilación. Bébete el jarabe, cómprate un buen coche, deja de fumar, no juegues a eso, cambia de trabajo, mejora tu imagen, vete a por las gambas, cósete la manga, cósete la manga, cósete la manga, rézale a la imagen. Van a por nosotros.

Con sus pies de rey y sus escuadras y sus cartabones y sus reglas y sus compases y sus trajes de domingo. Péinate los pelos, limpia tus zapatos, huele a gasolina, dí que sí a tu jefe, mira las noticias, no duermas la siesta, deja esa sonrisa, siéntete culpable, acábate la sopa, acábate la sopa, acábate la sopa. Hazte responsable. Van a por nosotros.

Se acabó la juventud. Basta de holgazanear. Hay que concienciarse. Viva el complejo de Edipo. Yo tengo la culpa. Paga tus facturas, traje con chaleco, duerme con pijama, santifica el lunes, funda una familia, por qué no adelgazas. Vaya facha traes, lávate las manos, píntate los labios, por qué dices eso, por qué dices eso, por qué dices eso, todo está ya escrito. Van a por nosotros.

Y Edison y Washington y Einstein y Freud y Hitler y Kennedy y Luis Grant y Newton y Copérnico y Von Braun y Don Santiago Ramón y Cajal. VAN A POR NOSOTROS.

Por nuestros pecados, por nuestros pecados, por nuestros pecados, por nuestros pecados. Van a por nosotros.

Cada año más cerca, cada día más claro, cada sorbo más dulce, cada recuerdo más lejos.

VAN A POR NOSOTROS VAN A POR NOSOTROS VAN A POR NOSOTROS

VAN A POR NOSOTROS

A POR NOSOTROS TODOS 


Accidents Polipoétics

Apresuramiento enajenante





Lo peor de la televisión no está en sus contenidos, sino en su naturaleza, su ritmo y su tono. El flujo ilimitado de imágenes no sólo apresa la mirada sino también el pensamiento y no le permite volver, como se lo permiten el paisaje o la pintura. El apresuramiento enajenante sofoca la cadencia natural del ser humano y lo absorbe patológicamente en un movimiento acelerado, que vulnera su verdadero ritmo. La direccionalidad binaria, asertiva y excesivamente pública de la televisión, configura un mensaje decididamente autoritario, si no totalitario. Pretender adaptarse al lenguaje televisivo o utilizarlo como vehículo para la educación y la cultura, constituye un lamentable y peligroso malentendido. No es suficiente televisar algunos programas parecidos a clases o algunas lecturas de poemas, aunque tengan música de fondo. La insustancialidad estructural, la deformación del ritmo y el mensaje dirigido indiscriminadamente a un receptor menos que medio, no son atributos redimibles. Allí donde no caben la contemplación, la reflexión, la pausa y el silencio, no parece haber lugar propicio para el hombre libre y creador, ni para el pensamiento abierto, cercado además por la atadura comercial y propagandística o política e ideológica.


Roberto Juarroz

Las palabras



Las palabras son buenas. Las palabras son malas. Las palabras ofenden. Las palabras piden disculpa. Las palabras queman. Las palabras acarician. Las palabras son dadas, cambiadas, ofrecidas, vendidas e inventadas. Las palabras están ausentes. Algunas palabras nos absorben, no nos dejan: son como garrapatas, vienen en los libros, en los periódicos, en los mensajes publicitarios, en los rótulos de las películas, en las cartas y en los carteles. Las palabras aconsejan, sugieren, insinúan, conminan, imponen, segregan, eliminan. Son melifluas o ácidas. El mundo gira sobre palabras lubrificadas con aceite de paciencia. Los cerebros están llenos de palabras que viven en paz y en armonía con sus contrarias y enemigas. Por eso la gente hace lo contrario de lo que piensa creyendo pensar lo que hace. Hay muchas palabras.



Y están los discursos, que son palabras apoyadas unas en otras, en equilibrio inestable gracias a una sintaxis precaria hasta el broche final: "Gracias. He dicho". Con discursos se conmemora, se inaugura, se abren y cierran sesiones, se lanzan cortinas de humo o se disponen colgaduras de terciopelo. Son brindis, oraciones, conferencias y coloquios. Por medio de los discursos se transmiten loores, agradecimientos, programas y fantasías. Y luego las palabras de los discursos puestas en papeles, pintadas en tinta de imprenta -y por esa vía entran en la inmortalidad del Verbo. Al lado de Sócrates, el presidente de la junta domina el discurso que abrió el grifo fontanero. Y fluyen las palabras, tan fluidas como el "precioso líquido". Fluyen interminablemente, inundan el suelo, llegan hasta la rodilla, a la cintura, a los hombros, al cuello. Es el diluvio universal, un coro desafinado que brota de millares de bocas. La tierra sigue su camino envuelta en un clamor de locos, a gritos, a aullidos, envuelta también en un murmullo manso represado y conciliador. De todo hay en el orfeón: tenores y tenorinos, bajos cantantes, sopranos de do de pecho fácil, barítonos acolchados, contraltos de voz-sorpresa. En los intervalos se oye el punto. Y todo esto aturde a las estrellas y perturba las comunicaciones, como las tempestades solares.



Porque las palabras han dejado de comunicar. Cada palabra es dicha para que no se oiga otra. La palabra, hasta cuando no afirma, se afirma: la palabra no responde ni pregunta: encubre. La palabra es la hierba fresca y verde que cubren los dientes del pantano. La palabra no muestra. La palabra disfraza.

De ahí que resulte urgente mondar las palabras para que la siembra se convierta en cosecha. De ahí que las palabras sean instrumento de muerte o de salvación. De ahí que la palabra sólo valga lo que vale el silencio del acto.
Hay, también, el silencio. El silencio es, por definición, lo que no se oye. El silencio escucha, examina, observa, pesa y analiza. El silencio es fecundado. El silencio es la tierra negra y fértil, el humus del ser, la melodía callada bajo la luz solar. Caen sobre él las palabras. Todas las palabras. Las palabras buenas y las malas. El trigo y la cizaña. Pero sólo el trigo de pan.



José Saramago

Jaume Plensa

Desengaño



Había oído hablar a las vecinas muchas veces sobre la ingratitud que reina entre las gentes, pero ella se negó siempre a darle crédito a tales acusaciones. Hoy no tiene otro remedio que rendirse ante la evidencia.
¿Cómo es posible, se lamenta, que ellos me hagan esto? Yo los he cuidado desde que nacieron, he abrigado sus inviernos, velado sus sueños y consolado sus pesadillas. Amparé en todo momento a cuantos lo necesitaron: desde que eran unos niños y me martirizaban con sus trastadas, hasta que al fin mis senos les sirvieron de mortaja. Y ahora... sólo porque ya no luzco igual que antes, porque mis huesos están carcomidos, ahora...
La queja muere en su garganta resquebrajada cuando, con una oscilación aterradora, la grúa apunta la maza de hormigón hacia su fachada ruinosa.

Leandro Herrero

Osita durmiendo

Presumo que un buen explorador tiende a despertarse al alba a fin de efectuar las diversas observaciones científicas correspondientes al día que se inicia. Debe ser por eso que tambien yo me despierto casi siempre muy temprano, pero en vez de levantarme y consultar los variados instrumentos que equipan a Fafner, me quedo agradablemente en la casa y me dedico a un tema jamás tratado por Vespucio, Cook o el comandante Cousteau, en otras palabras la manera de dormir de la osita.

Esta manera de dormir es acaso la de todas las ositas, cosa que me sería imposible verificar, razón por la cual me cuidaré de generalizaciones imprudentes. En el caso de la osita su sueño pasa por dos etapas principales, la primera de las cuales no tiene nada de extraordinaria, es decir que la osita busca la posición más cómoda y agradable, se arropa de acuerdo con la temperatura ambiente, y durante gran parte de la noche duerme con casi toda naturalidad, casi nunca boca arriba y casi siempre boca abajo, con intermedios laterales que nunca duran demasiado pero que ceden a las otras posiciones sin esfuerzo alguno y después de suaves desplazamientos que muestran lo profundo y agradable de su sueño.


Cuando llega el alba, o sea en el momento en que tiendo a despertarme del todo, pues las observaciones anteriores las he hecho sin demasiado rigor científico, advierto al poco tiempo que la osita ha entrado en la segunda etapa de su sueño. Es aquí donde cabe preguntarse si esta manera de dormir es propia de ella, o si abarca a su entera especie, puesto que se trata de un comportamiento bastante insólito y hasta extraordinario que consiste en las continuas tentativas que hace la Osita dormida para convertirse en un paquete, lio, bulto, o atado, que de todo tiene, gracias a un sistema de movimientos, gestos, tirones, tracciones y enredos que progresivamente la van envolviendo en las sábanas hasta convertirla en un gran capullo blanco, rosa, o azul con listas amarillas según el caso, al punto de que un cuarto de hora después de iniciada esta metamorfosis del amanecer que siempre contemplo estupefacto, la Osita desaparece en una atorbellinada confusión de sabanas que, dicho sea de paso, van desapareciendo al mismo tiempo de mi lado de la cama, pues nadie podría imaginar la fuerza que despliega la osita para ir atrayéndolas hasta conseguir involucrarse completamente en ellas y por fin quedarse quieta después de una serie de evoluciones que completan la crisálida y la felicidad evidente de su ocupante.


Apoyándome con un codo en el colchón, que es lo último que queda, contemplo enternecido a la Osita y me pregunto a qué profunda necesidad de retorno uterino o algo así responde su empecinado trabajo de cada amanecer. Sé muy bien (porque al principio no lo sabía y tuve miedo) que nada de eso me rechaza, pues me basta rozar con un dedo el paquetito tibio a mi lado para que de sus profundidades emerga un suavísimo gruñido de satisfacción. El misterio es total, como se ve, porque la osita está contenta de tenerme a su lado y a la vez se refugia en un claustro al que yo no podría llegar sin destruir su preciosa penumbra, su temperatura íntima, y algo en ella lo sabe y lo defiende desde el alba al despertar definitvo. Alguna vez -ya no- hice la prueba de desenvolverla lo más suavemente posible del capullo, porque tenía miedo de que se ahogara con las sábanas enredadas, y las confusas almohadas, y supe lo que significaba separar sus manos de los nudos, lazos y otros flecos que hacían las sábanas entre sus dedos. De manera que ahora me limito a mirarla dormir en su efímera y sin duda atávica hibernación y espero que se despierte sola, que empiece a desenredarse poco a poco, a sacar una mano, un chorrito de pelo, un culito o un pie, y que después me mire como si no hubiera pasado nada, como si las sábanas no fueran un remolino en torno a ella, la crisálida rota de donde asoma mi nuevo día, mi razón para vivir un nuevo día.




Julio Cortázar
Tolouse-Lautrec