Apresuramiento enajenante





Lo peor de la televisión no está en sus contenidos, sino en su naturaleza, su ritmo y su tono. El flujo ilimitado de imágenes no sólo apresa la mirada sino también el pensamiento y no le permite volver, como se lo permiten el paisaje o la pintura. El apresuramiento enajenante sofoca la cadencia natural del ser humano y lo absorbe patológicamente en un movimiento acelerado, que vulnera su verdadero ritmo. La direccionalidad binaria, asertiva y excesivamente pública de la televisión, configura un mensaje decididamente autoritario, si no totalitario. Pretender adaptarse al lenguaje televisivo o utilizarlo como vehículo para la educación y la cultura, constituye un lamentable y peligroso malentendido. No es suficiente televisar algunos programas parecidos a clases o algunas lecturas de poemas, aunque tengan música de fondo. La insustancialidad estructural, la deformación del ritmo y el mensaje dirigido indiscriminadamente a un receptor menos que medio, no son atributos redimibles. Allí donde no caben la contemplación, la reflexión, la pausa y el silencio, no parece haber lugar propicio para el hombre libre y creador, ni para el pensamiento abierto, cercado además por la atadura comercial y propagandística o política e ideológica.


Roberto Juarroz

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