Todo hombre, todo artista llamará Nietzsche, cada escala que sube en la torre de su perfección es a costa de la lucha que sostiene con un duende, no con un ángel, como se ha dicho, ni con su musa.
Ángel y musa vienen de fuera; el ángel da luces y la musa da formas. Pan de oro o pliegue de túnicas, el poeta recibe normas en su bosquecillo de laureles. En cambio, al duende hay que despertarlo en las últimas habitaciones de la sangre.
Y rechazar al ángel y dar un puntapié a la musa, y perder el miedo a la fragancia de violetas que exhale la poesía del siglo XVIII y al gran telescopio en cuyos cristales se duerme la musa enferma de límites.
La verdadera lucha es con el duende.
Para buscar al duende no hay mapa ni ejercicio. Solo se sabe que quema la sangre como un tópico de vidrios, que agota, que rechaza toda la dulce geometría aprendida, que rompe los estilos.
La llegada del duende presupone siempre un cambio radical en todas las formas sobre planos viejos, da sensaciones de frescura totalmente inéditas, con una calidad de rosa recién creada, de milagro, que llega a producir un entusiasmo casi religioso.
Todas las artes son capaces de duende, pero donde encuentra más campo, como es natural, es en la música, en la danza y en la poesía hablada, ya que estas necesitan un cuerpo vivo que interprete, porque son formas que nacen y mueren de modo perpetuo y alzan sus contornos sobre un presente exacto.
Extractos de Teoría y Juego del Duende
Federico García Lorca

1 comentario:
Hay una una fuga que alimenta tanto de vida, tanto de tí, que se desborda en sonatas de aliento y de luces, brumas que diluyen lo inerte pero presente en el verde del día.
García Lorca desdibuja los enlaces tejidos del juego que no tiene atar, a la magia de los cosmos, esos que se encuentran inmersos en las pupilas de los ojos, en las rayas de los gatos, en el hilo del humo que no para y destila perfume, que te tiene y te posee.
Sergio Gil.
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