El horóscopo se parece a un reloj y el reloj es una escuela de finitud: en cuanto una manecilla describe un círculo y regresa al punto del que partió, se cierra una fase. En el cuadrante del horóscopo giran nueve manecillas a diversas velocidades y a cada momento una fase se cierra y otra comienza. Cuando la persona es joven, no es capaz de percibir el tiempo como círculo, sino como camino que conduce directamente hacia delante, hacia paisajes permanentemente cambiantes; todavía no intuye que su vida sólo contiene un tema; lo comprende en el momento en que su vida empieza a componer sus primeras variaciones.
Rubens tenía unos catorce años cuando lo detuvo por la calle una niña que tendría la mitad de su edad y le preguntó: «Por favor, señor, ¿puede decirme la hora?». Era la primera vez que una desconocida le trataba de usted y le decía señor. Le embargó la felicidad y le pareció que ante él se abría una nueva etapa de su vida. Luego se olvidó de aquel episodio y no volvió a recordarlo hasta que una guapa señora le dijera: «Cuando usted era joven, ¿también pensaba que…?». Era la primera vez que alguien se refería a su juventud como algo pasado. En aquel momento se le presentó la imagen de la niña olvidada que una vez le había preguntado la hora y comprendió que aquellas dos figuras femeninas estaban relacionadas. Eran dos figuras carentes en sí mismas de significado, encontradas por casualidad, y sin embargo cuando las relacionaba aparecían como dos acontecimientos significativos en el cuadrante de su vida.
Lo diré de otro modo: imaginemos que el cuadrante de la vida de Rubens está situado en un enorme reloj medieval, por ejemplo en aquél a cuyo lado pasé durante veinte años por la plaza de
Milan Kundera


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